Esto pasa cuando tratamos al perro como humano


Tu perro y vos tienen muchas cosas en común: ambos son mamíferos, les gusta ver tele hechos un rollito en una tarde lluviosa y probablemente han compartido un delicioso bocadillo intencionalmente o por culpa de un descuido. Ya han sido como 35,000 años de que canes y humanos vivimos en estrechas relaciones de compañía y colaboración y desde entonces, hemos evolucionado juntos en el camino de la civilización. Hoy en día contamos con unas 800 razas de perros (más que cualquier otro animal) que hemos ido moldeando a través de miles de años de acuerdo a necesidades nuestras, exigencias ambientales y características deseables. Se dice que la SRD (Sin Raza Definida), híbrido o zaguate en Costa Rica, es la variedad de perros más vigorosa pues naturalmente se van seleccionando los mejores rasgos genéticos para garantizar la supervivencia del más apto.


Todo esto ha sido genial, que dos especies tengamos tan pero tan buena relación, que nos lleguemos a tratar como "mejores amigos" e incluso "familia", pero ALTO ahí: el hecho de que seamos BFF, no quiere decir que seamos iguales, mucho menos ser tratados como tales. En primer lugar, los perros no pertenecen a la especie de los primates Homo sapiens (humanos), sino que pertenecen a la especie de los cánidos Canis lupus familiaris (perros). Teniendo este principio muy claro, debemos comenzar a tratar a nuestros perros con la dignidad y respeto que se merecen como nuestros compañeros caninos, de lo contrario y aunque con buenas intenciones, les estamos causando un profundo daño psicológico y físico.


El término que describe esa constante majadería humana de personificarlo todo, es Antropomorfismo (del griego «anthrōpos», «hombre», y «morphē», «forma») y sucede cuando le atribuimos características y cualidades humanas a los animales de otras especies, a los objetos inanimados o a los fenómenos naturales. Nuestros cerebros están conectados para hacer estas asociaciones en busca de formas familiares por un tema evolutivo, lo que nos dificulta mucho trazar las líneas entre lo humano y lo no humano. Después de millares de años es aceptable que el perro vaya en el asiento delantero del carro (bien amarrado) o que se le celebre con un queque perruno su cumpleaños, pero sí hay que entender varias realidades para que la antropomorfización de los perros no vaya en detrimento de su calidad de vida.


La mejor manera de comenzar a darle su lugar perruno al can, es entendiendo qué significa ser un perro. Andá, volvé a ver a tu perro a los ojos y con la imaginación metéte un minuto dentro de su peluda piel y tratá de pensar como él, de sentir como él, de que te moleste lo que a él lo inquieta y de que te alegre lo que a él le mueve el rabo. Muchas cosas tendrán en común, pero hay diferencias que se deben respetar. Comencemos a entender qué significa ser un perro por entender un día en la vida de su predecesor: EL LOBO.


Los lobos son uno de los caninos originales y de ellos provienen los perros actuales luego de la domesticación y miles de años de selección. Los lobos viven en manada, son animales muy sociales y dependen de su jauría para sobrevivir. No tienen enemigos naturales más que el hombre, se comunican más por medio de olores que de sonidos y desde cachorros, juegan a las luchitas para establecer su jerarquía y los límites, porque es muy importante para ellos tener claro quién manda a quién: toda manada tiene un macho y hembra alfa, son los que deciden y guían a la manada en su diario vivir, también son los responsables de la reproducción al ser los mejores y más fuertes ejemplares para garantizar que los rasgos más selectos continúen por generaciones. Se puede reconocer un alfa porque a cualquier encuentro con otro lobo se impone con su cola parada, orejas hacia adelante y boca abierta. El lobo subordinado mete la cola entre las piernas, con las orejas hacia atrás y se acuesta panza arriba. Hay lobos solitarios rechazados de la manada (llamados "outcast") que viven en la periferia del territorio comiendo sobras, pero estos generalmente mueren.


Un lobo normal pasa 1/3 de su día durmiendo repartido en pequeños ciclos de descanso en lugares tranquilos. Dedican otra buena porción de su tiempo a recorrer grandes distancias (caminan como 30km por día) para cuidar su territorio y buscar sustento. El territorio de una sola manada puede comprender de 1.000 a 7.000 hectáreas y parte del trabajo de ser macho alfa es hacer recorridos perimetrales y marcar con orina los bordes de su territorio para protegerlo. Otro buen pedazo del día lo dedican a buscar comida, poniendo en practica complejas técnicas de búsqueda y cacería en manada generalmente de noche, basadas en sorprender o cansar a su presa; también se alimentan de granos, raíces e insectos que encuentran por el camino, por lo que se dice que son omnívoros (comen de todo). La manada tiene una guarida que se ubica en alto, ahí crecen los cachorros y es reutilizada cada año. El resto del día lo dedican al placer: juegan a perseguirse y arrebatarse juguetes de la naturaleza como huesos y palos, se echan a roer sus juguetes y de paso se limpian los dientes, luchan para establecer jerarquía y territorio, se acicalan, se mojan, embarrealan, se cubren de nieve y olfatean todo lo que pueden para tener conversaciones en forma de olor. También se comunican por medio de sonidos, siendo el más famoso el aullido de lobo, que sirve para localizarse entre ellos, delimitar territorio, hacer coros luego de una cacería y reforzar la unidad de la manada.


Al comparar la vida de un lobo con la de un perro de un hogar costarricense promedio, entendemos cómo algunos perros callejeros son más sanos y felices que otros con casa. A nuestros perros les quitamos el reto de la cacería, los enfermamos y engordamos con nuestra comida o les damos alimento para perros muy especial pero haciéndolos dependientes; los torturamos con baños excesivos, cortes de pelo y ropa; los regañamos, les prohibimos ladrar, aullar, marcar su territorio; los cubrimos de aromas "agradables" (¿agradables para quién?), los encerramos en espacios pequeños, aislados del mundo de los olores, sin vida social, solos, actividad mínima, sin juegos de lobos ni su manada. Como no los castramos, ellos olfatean a otros perros en celo a kilómetros de distancia y se frustran por no poder aparearse; se vuelven locos a punta de ansiedad por separación, aburrimiento, maltrato físico, monstruos de truenos y bombetas... en resumen: estrés.


La pregunta queda guindando: ¿qué hacer para evitar el estrés canino aún viviendo con nosotros? La respuesta es: ayuda a tu perro a encontrar su lobo interno. Lo primero que el perro necesita es entender con claridad quienes son sus alfas, esas personas que le imponen disciplina y a la vez, sustento y amor. Eso le da al perro seguridad. Luego sigue procurarle una guarida segura, alimento de calidad y cuidados veterinarios básicos. Por último pero no menos importante, es asegurarse que el perro entretiene su mente, juega, descubre, olfatea, se ejercita, busca y encuentra. Lo mismo que pasa haciendo un lobo en un día, es lo que le gustaría al perro hacer, pero como no puede, decide escaparse, ocuparse en destruir los muebles, se le cae el pelo o muerde al vecino. Porque amás a tu perro, tratálo como un perro.


¿Contános tus pecados de antropomorfismo y qué haces para ayudarlo a explorar su lobo interno?







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